Previo al lanzamiento del libro El otro giro del 20. El psicoanálisis ante la diversidad sexual, JOPARa propuso un encuentro con su autor, Sergio Campbell. En esa ocasión nos contó cómo surgió esta investigación e intercambiamos sobre la relevancia del “otro giro” referido al movimiento psicoanalítico. Una vez publicado, se realizaron presentaciones del libro en diversas ciudades de la región. Estuvimos presentes en Montevideo, el 22 de mayo, cuando se presentó en la Facultad de Psicología de la UdelaR, con las intervenciones de Fernando Barrios, Alberto Moreno y Fernanda Ramos Monza.
Compartimos ahora el texto de Fernanda, una lectura que encontramos sugerente por las preguntas que formula.

Escribir es, entre otras cosas, una forma de ejercer el poder. El poder de nombrar. El poder de romper un silencio o un tabú. El poder de desvelar quién ha escrito antes, quién ha trazado la ley, el poder de crear una escritura nueva. Y siempre se escribe desde un lugar, aunque a veces se intenten borrar las huellas

J. Sáez, 2004

Escribir es un acto político, una forma de instauración del relato. La escritura es, y ha sido, un terreno en disputa. Las escrituras feministas insisten en abrir grietas allí donde la Historia se presenta como única y universal. Habitan las fronteras, mezclan lenguas, escriben desde los márgenes, desde los cuerpos y desde aquello que el archivo dejó sin registro. Se empeñan en desarmar el relato único que hace de las historias una: la Historia del Hombre.

Leoescribo, siguiendo la operación de Fernando Barrios[1] con ellas. Leoescribo para permanecer en los bordes, en las interrupciones, en los desvíos. Para torcer la economía falogocéntrica que organiza quién puede hablar y qué puede ser dicho. Leoescribo allí, donde proliferan las voces, los restos y las memorias que la Historia excluyó.

Así me acerco al texto de Sergio Campbell[2], como un gesto político. Un gesto que intenta situar una historia otra, la del otro giro, la del otro. Quién o quiénes son los otros/es en determinado momento socio-histórico es una pregunta que continúo sosteniendo.

Campbell nos presenta un libro plagado de referencias históricas, de fragmentos, pasiones, amistades y enemistades; marcado por correspondencias epistolares, circulares de comités secretos, clínicas sexuales, crímenes morales, experimentos con cobayos y tráfico testicular. Produce una cronotopía oscilante que se desplaza con destreza, de Freud a Lu Ciccia, de Lacan a Fliess, en movimientos inconclusos. Un texto que arriesga ficcionar mientras se interpela a sí y se deja afectar. Siguiendo a Leo Bersani[3], propone leer por los fallos, por las notas al pie, para habitar las contradicciones de un Freud vacilante.

Contextualiza un momento, el surgimiento de una práctica, el psicoanálisis, y su posterior institucionalización, un tiempo, que, al decir del autor, se debate entre la racionalidad científica y el romanticismo; un Freud en busca de la instauración de una teoría. Un texto que da cuenta de una forma de hacer que no es omisa a los afectos.

El otro giro del 20. El psicoanálisis ante la diversidad sexual, es el nombre que lleva por título. Dos significantes guían mi lectura: “otro” y “giro”. Otro en tanto que no uno[4]. O, para ser más precisa, no-hombre: todas aquellas corporalidades otras – homosexuales, travestis, criminales, locos, mujeres, entre otrxs, justamente-. Y: giro. Según la Real Academia Española, en su segunda acepción, significa: “Cambio de dirección que toma algo o que se da a algo”[5]. Cambiar de dirección supone siempre una resistencia. Una decisión. A veces una maniobra abrupta. Un viraje. Una ruptura con la linealidad, una interrupción de lo esperado. Así leo. Me encuentro con un texto que intenta precisar un momento; no para fijarlo, sino para seguir el movimiento de una torsión. Un momento que marca una dirección otra, una lectura otra de un tiempo acotado. Un texto que se deja afectar por otros, que gira porque se pregunta, se fracciona y vuelve a mirar. Una historia —con minúscula, ficcional—. Como refiere el autor, parece que nos encontramos frente a una novela. Y, como toda novela, abunda en personajes.

Otra novela me encuentra, y leo: “La de este libro es una escritura que propone que el método para el desentrañamiento de los hechos consiste en examinar las cicatrices de la impronta de la violencia de domesticar el género”[6] Me pregunto: ¿Qué cicatrices nos devuelven nuestras historias del psicoanálisis? ¿Qué marcas dejan los efectos de la institucionalización de la práctica? Ésta es la tensión que encuentro en el texto de Campbell, un intento por hacer visible las marcas, los pliegues, los puntos de inflexión que surcan un camino en la historia psicoanalítica. Y, por qué no, en las otras historias del psicoanálisis. Una tensión que ha existido desde el comienzo de una práctica que no es ajena a sus tiempos.

Vayamos al comienzo, advertidxs de que nunca es uno, ni tan claro, tomemos aquel que propone Sergio. Primer personaje: Jones, un Jones alterado, preocupado, perseguido por sus actos, compelido a contestar. Una solicitud de respuesta: aceptar o no a los homosexuales en la Asociación Psicoanalítica Internacional (IPA). Correspondencia epistolar, un comité secreto de un grupo de hombres creando las condiciones de posibilidad de un ejercicio en ciernes: el psicoanálisis.

Los holandeses me preguntaron hace un tiempo por la conveniencia de admitir como miembro a un doctor conocido manifiestamente como homosexual. Yo se lo desaconsejé, y ahora me entero por Van Emdem de que el hombre ha sido descubierto y encarcelado. ¿Creéis que esta respuesta podría servir de modelo general para nosotros? (Wittemberger & Tögel, 2001, en Campbell, 2025, p. 19).

Rank y Freud responden:

Discrepamos de tu planteamiento respecto a la admisión de homosexuales, querido Jones, es decir, que no queremos excluir por principio a este tipo de personas, ya que, por otra parte, tampoco aprobamos su persecución judicial. En nuestra opinión, la decisión en tales casos debería basarse en una valoración individual de las cualidades de la persona (Freud & Rank, 1921, en Campbell, 2025, p. 22).

Y luego, Ferenczi:

[…] por el momento sería mejor rechazar por principio a todos los homosexuales manifiestos; generalmente son demasiado anormales (Ferenczi, 1921, en Campbell, 2025, p. 24).

 

Las circulares del comité secreto dan apertura al texto, un grupo de psicoanalistas que discute la pertinencia del ingreso de homosexuales a la IPA. Campbell nos acerca a la cuestión, mientras advierte del protagonismo que la homosexualidad cobra en ese entonces. Del lesbianismo, nada. Así, nos encontramos con el carácter epistémico político del psicoanálisis. Estamos frente a una disputa de poder por un término que desborda sus efectos hasta hoy. Desde las epistemologías feministas resulta fundamental situar las categorías de conocimiento para comprender las relaciones de poder que las producen y los efectos que generan. La homosexualidad emerge aquí como problema, como pregunta y como objeto de saber. Estamos frente a lo que Eve Kosofsky Sedgwick llamó la “epistemología del armario”[7]: una cultura moderna organizada en torno a la producción, vigilancia y administración de la diferencia heterosexual/homosexual. El armario como una de las tecnologías privilegiadas de la modernidad, una forma social específica de regular la relación entre verdad y silencio, entre confesión y secreto. En este sentido, Sergio recupera el hermoso libro de Louis-Georges Tin, La invención de la cultura heterosexual[8], para recordarnos que la heterosexualidad no constituye un dato natural ni un punto de partida evidente, sino una construcción histórica. La discusión que atraviesa estas páginas deja ver, justamente, ese proceso de sedimentación: las resistencias de la medicina a abandonar la cultura homosocial y la progresiva consolidación de la heterosexualidad como régimen cultural, afectivo y político.

Advierto el carácter del significante “homosexual”: la disputa no es sólo por la habitabilidad del término, sino que remite al propio concepto y a la disposición del conocimiento. A quién o quiénes se les permite ejercer el psicoanálisis.

Pero es también la disputa por quién y quiénes escriben, quién y quiénes pueden ser escuchadxs, y quién y quiénes establecen los textos. En este sentido, Sergio nos invita a pensar las traducciones y las decisiones editoriales como formas de producción de verdad.

Nos sitúa, en este momento de institucionalización del psicoanálisis, en la creación de la Policlínica de Berlín, el Instituto de formación psicoanalítica y la aparición de una norma no escrita: la exclusión de los homosexuales de la IPA. De ahí el otro giro.

Pero, como los contextos son importantes y los hechos no suceden en cualquier lugar, ni en cualquier momento, Sergio nos recuerda la apertura de otro instituto dirigido por Magnus Hirschfeld: El Instituto para la Ciencia Sexual que funcionó entre 1919 y 1933 “cuando la política anti homosexual del Canciller Hitler decidió poner fin a tanta degeneración” (p.75).

El instituto brindaba tratamientos médicos, psicológicos y quirúrgicos a homosexuales y travestis –término que el mismo Hirschfeld había acuñado en 1910–, […] daba cursos de educación sexual y métodos de contracepción, que luchaba por los derechos civiles de los homosexuales y travestis, recibía unas 20.000 consultas por año, y realizaban unas 1800 consultas anuales (p. 76).

 

A Hirschfeld le dedicará todo un apartado, incluyendo una bibliografía, me detengo sólo en algunas cuestiones. La relación entre Magnus y Sigmund se puede rastrear en las correspondencias y citas que nos acerca. Hirschfeld abandona la IPA en 1911, habiendo participado de su fundación en 1910. Médico conocido por su activismo por los derechos de los homosexuales, en 1897, funda el Comité Científico Humanitario para luchar por la abolición del artículo 175 del código penal alemán, el cual criminalizaba la homosexualidad.

Recordemos que estamos en un momento incipiente, primera ola del feminismo y primeros movimientos de liberación homosexual. Leo la encarnizada disputa de estos psicoanalistas y médicos que intentan definir la etiología de la homosexualidad a la sombra de un artículo, el 175, y la condena de Oscar Wilde. La etiología de la homosexualidad se debate entre el innatismo y la psicogénesis.

Campbell nos presenta un Freud comprometido políticamente y en pugna por el establecimiento de una teoría:

[…]  en 1907, Freud colaboró económicamente con el Subcomité Científico humanitario de Viena, fundado y dirigido por Stekel el año anterior con quien Freud parecía compartir la posición: “Puedo ser de otra opinión en muchas apreciaciones teóricas. Cuando se trata de luchar contra la penalización bárbara de impulsos poderosos, me situaré siempre del lado del gran investigador y filántropo Dr. Magnus Hirschfeld” (p.88).

 

Comienzan las primeras operaciones quirúrgicas de reasignación sexual al tiempo que proliferan las investigaciones y los tratamientos hormonales. Mientras Steinach investiga con testículos de cobayos los impactos de las hormonas en la producción de la masculinidad y la feminidad, las etiologías biológicas y psíquicas riñen por la verdad de la homosexualidad.

 

Fabular textos otros

Quiero reparar en dos momentos, en dos personajes que acerca Sergio colocando la pregunta y la fábula como elementos narrativos con potencial transformador. La primera: Lili.

En el filme La chica danesa, hay una escena donde Lili Elbe, todavía Eignar Wegener, va a diversos “especialistas”, entre ellos, un psicoanalista, posiblemente en la Policlínica de Berlín. Son segundos apenas; puede verse a Lili tendida en el diván, y desde atrás, el mentado psicoanalista le dice: “Lamento comunicarle que es usted homosexual”. El psicoanalista se equivocaba, no lo era, Lili Elbe era una mujer, y una mujer heterosexual […] el recuerdo de la escena viene a cuento por el lamento, el psicoanalista lamenta informarle que era homosexual, y frente a esa tontería Lili no vuelve más. Está claro que se trata de ficción, pero ¿cuán lejos de la realidad está? (p.75).

Los relatos funcionan como “matrices narrativas”[9], producen nuevas posibilidades de relación y de existencia. A una ficción le adviene la siguiente, se involucran, se transforman. Sergio imagina a Lili llegando a otro instituto, fundado y dirigido por Magnus Hirschfeld.

Al llegar al Instituto, es muy probable que Lili Elbe se haya cruzado con una abnegada mujer ayudante de cocina; tal vez, al principio sólo hayan intercambiado miradas, luego, con la asiduidad de Lili en el Instituto, haya comenzado a conversar con Dora Ritcher, nacida Rudolf Ritcher en 1891 y fallecida en 1933 a manos, es al menos lo que se supone, de las juventudes hitleristas que allanaron y destruyeron el Instituto. Dora Ritcher fue la primera persona en realizarse una cirugía de afirmación de sexo en el año 1922. Ese año se extirpó los testículos y luego, en 1931 (el mismo año de la primera operación de Lili Elbe) se realizó una vaginoplastía (p.77).

Se detiene en esta historia, la de Dora.

Fue así como llegó hasta el Instituto que la albergó y le dio trabajo, pero no sólo eso, se le consiguió un “pase de travesti”, es decir que por “recomendación médica” (artilugio médico-legal que pergeñaron en el Instituto para proteger a les travestis), se le debía permitir vestirse de mujer sin ser arrestada (p. 78).

Observo esas grietas en el diagnóstico, la operatividad estratégica de ciertas nosografías médicas a favor de la habitabilidad de un cuerpo. Pero, además, me encuentro con ficciones que no sólo agujerean la historia, sino que visibilizan las rupturas a la interna de los psicoanálisis. Psicoanálisis fragmentados y fragmentarios, marcados, con diferenciaciones en sus posicionamientos políticos, como la vergüenza de Allouch[10] y la revuelta de Miller[11]. Grietas que se producen en la intertextualidad entre el psicoanálisis y otrxs. Así, en referencia a la intervención de Preciado[12] en la Escuela de la Causa Freudiana, Sergio sugiere: “Sostener el paradigma en crisis implica, según mi modo de ver, cuestionar la epistemología que sostiene al psicoanálisis, porque en toda epistemología se pone la ideología en juego. No existe una epistemología neutral” (p.103).

Las feministas han radicalizado la inexistencia de una epistemología neutral, al mostrar la dimensión sexuada, racializada y situada de todo conocimiento. No es sin ellas que podemos cuestionar la supuesta neutralidad epistémica, y, por qué no, la del analista.

Hemos utilizado toneladas de tinta tóxica y gastado miles de árboles convertidos en papel para desacreditar lo que ellos han dicho y para dejar claro el daño que nos ha causado. Ese imaginado ellos representa a la invisible conspiración de científicos y de filósofos masculinistas que gozan de laboratorios y de abundantes subvenciones y, el nosotras, a «las otras», esas mujeres a quienes […] nos prohíbe no tener un cuerpo o poseer un punto de vista o un prejuicio en cualquier discusión[13] (Haraway, 1995, p.313-314).

 

La imposibilidad de una neutralidad que se pretende universal, moderna y desencarnada habilita la proliferación de historias otras. Son estas historias las que me conmueven; historias de minucias, de cartas, de odios y amores, historias. Historias de cómo el psicoanálisis (en singular) se convierte, también en no marcado, en neutro; de cómo se instaura una historia como: la historia.

Entiendo al texto de Campbell como otra historia. Una historia que se atreve a fabular, permitiendo conversaciones inesperadas, un encuentro entre Lili y Dora, entre ellas y tantas otrxs. Propongo que este “otro giro” no sólo excluye a los homosexuales de la IPA en el proceso de institucionalización del psicoanálisis, sino que contribuye a consolidar una historia signada por el borramiento de otras historias. Un borramiento que impone la historia oficial mientras relega a los márgenes las historias de las corporalidades marcadas. Tentar una marca, entonces, para instaurar otras historias.

[1] F. Barrios, De/generar psicoanálisis, Witz Editor, 2023.

[2] S. Campbell, El otro giro del 20: El psicoanálisis ante la diversidad sexual. Ediciones de la Comunidad/Anchomundo, 2025.

[3] L. Bersani, El cuerpo freudiano: Psicoanálisis y arte, Tr. M. Iturriza, el cuenco de plata, 2011.

[4] Real Academia Española. (s.f.). Otro. En Diccionario de la lengua española. https://dle.rae.es/otro

[5] Real Academia Española. (s.f.). Giro. En Diccionario de la lengua española. https://dle.rae.es/giro

[6] S. Valencia,  Adrift’s Book (Índigo), U-Tópicas, 2024, p. 13.

[7] E.K. Sedgwick, Epistemología del armario, ediciones de la Tempestad, 1998.

[8] L-G. Tin, La invención de la cultura heterosexual, el cuenco de plata, 2012.

[9] V. Despret, A la salud de los muertos: relatos de quienes quedan, Cactus, 2021.

[10] J. Allouch, Avergonzados, 2005. https://www.jeanallouch.com/document/188/2005-Avergonzados

[11] J.A, Miller, Dócil a lo trans, 2021, Escuela Lacaniana de Psicoanálisis. https://elp.org.es/docil-a-lo-trans/

[12] P. B. Preciado, Yo soy el monstruo que os habla: Informe para una academia de psicoanalista, Anagrama, 2020

[13] D. Haraway, “Conocimientos situados: La cuestión científica en el feminismo y el privilegio de la perspectiva parcial”, en: D. Haraway, Ciencia, cyborgs y mujeres: La reinvención de la naturaleza. Cátedra, 1995, pp. 313-346..

*Créditos de la imagen: Fotografía inédita de lámina delgada de grandioritas-tonalitas a nicoles cruzados. Alejandra Ramos, 2026