Rafael Barrett (1876-1910) llegó a Paraguay como cronista español y terminó convirtiéndose en uno de sus observadores más incisivos. Su escritura, atravesada por una profunda sensibilidad ética, denunció la explotación de los mensú[1], la violencia de los yerbales y las heridas sociales de un país que todavía buscaba recomponerse después de la Guerra de la Triple Alianza. Pero Barrett no solo escribió sobre Paraguay: aprendió a escucharlo. En ese gesto, el guaraní dejó de ser para él una curiosidad lingüística y apareció como una forma de nombrar el mundo que desbordaba al castellano.
Compartimos aquí su breve ensayo titulado “Guaraní”[2], escrito a comienzos del siglo XX que forma parte de El dolor paraguayo. Leer hoy a Barrett es volver sobre una pregunta que atravesó el coloquio ENTRElenguas y que también orienta el proyecto JOPARa: ¿qué transforma nuestra escucha cuando nos dejamos afectar por otras lenguas, otros modos de nombrar y otras formas de experiencia?
Lejos de ofrecer una definición de la lengua guaraní plantea la experiencia misma de la escucha, de la hospitalidad hacia lo que una lengua porta y de aquello que siempre se resiste a ser traducido.
Guaraní
Para algunos, el guaraní es la rémora. Se le atribuye entorpecimiento del mecanismo intelectual y la dificultad que parece sentir la masa en adaptarse a los métodos de labor europeos. El argumento comúnmente presentado es que, correspondiendo a cada lengua una mentalidad que por decirlo así en ella se define y retrata, y siendo el guaraní radicalmente distinto del castellano y demás idiomas arios, no sólo en el léxico, lo que no sería de tan grave importancia, sino en la construcción misma de las palabras y de las oraciones, ha de encontrar por esta causa, en el Paraguay, serios obstáculos la obra de la civilización. El remedio se deduce obvio: matar el guaraní. Atacando el habla se espera modificar la inteligencia. Enseñando una gramática europea al pueblo se espera europizarlo.
Que el guaraní es diferente al castellano, en su esencia no se discute. Se trata de un lenguaje primitivo, en que las indicaciones abstractas escasean, en que la estructura lógica a que llegan las lenguas cultivadas no se destaca aún. El guaraní demuestra su condición primordial por su confusión, su riqueza profusa, la diversidad de giros y acepciones, el desorden complicado en que se aglutinan términos nacidos casi siempre de una imitación ingenua de los fenómenos naturales. “Lejos de comenzar por lo simple, dice Renan, el espíritu humano comienza en realidad por lo complejo y obscuro”. Vecino a la misteriosa inextricabilidad de la naturaleza, el guaraní varía de un lugar a otro, formando dialectos dentro de un dialecto que a su vez es uno de los innumerables del centro de Sud América. Nada sin duda más opuesto al castellano, hijo adulto y completo del universal latín.
Todo esto es un hecho, más no un argumento. En Europa misma vemos que no son los distritos bilingües los más atrasados. Y no se crea que la segunda habla, la popular y familiar, en tales distritos usada, es siempre una variante de la otra, de la nacional y oficial. Vizcaya, región en que se practica un idioma tan alejado del español como el guaraní, es una provincia próspera y feliz. Algo parecido ocurre en los Pirineos franceses, en la Bretaña, en las regiones celtas de Inglaterra. Y si consideramos las comarcas en que es de uso corriente un dialecto de la lengua nacional nueva, sacamos una enseñanza, la de la tenacidad con el que el lenguaje más poderoso y próximo, perdura ante las influencias exteriores. Cataluña es un buen ejemplo de lo apuntado, y así mismo Provenza, cuya luminosa lengua ha sido regenerada y como replantada por el gran Mistral.
La historia nos revela que lo bilingüe no es una excepción, sino lo ordinario. Suele haber un idioma vulgar, matizado, irregular, propio a las expansiones sentimentales del pueblo, y otro razonado, depurado, artificial, propio a las manifestaciones diplomáticas, científicas y literarias. Dos lenguas, emparentadas o no; una plebeye, otra sabia; una particular, otra extensa; una desordenada y libre, otra ordenada y retórica. Casi no hubo siglo ni país en que esto no se verificara.
Pobre idea se tiene del cerebro humano si se asegura que son para él incompatibles dos lenguajes. Contrariamente a lo que los enemigos del guaraní suponen, juzgo que el manejo simultáneo de ambos idiomas robustecerá y flexibilizará el entendimiento. Se toman por opuestas cosas que quizás se completen. Que el castellano se aplique mejor a las relaciones de la cultura moderna, cuyo carácter es impersonal, general, dialéctico ¿quién lo duda? Pero ¿no se aplicará mejor el guaraní a las relaciones individuales estéticas, religiosas, de esta raza y de esta tierra? Sin duda también. Los enamorados, los niños que por primera vez balbucean a sus madres, seguirán empleando el guaraní, y harán perfectamente.
Se invoca la economía, la división del trabajo. Pues bien, en virtud de ellas se conservará el guaraní y se adoptará el castellano, cada cual para lo que es útil. Las necesidades mismas, el deseo y el provecho mayor o menor de la vida contemporánea regularán la futura ley de transformación y redistribución del guaraní. En cuanto a dirigir ese proceso por medio del Diario Oficial, ilusión es de políticos que jamás se han ocupado de filología. Tan hacedero es alterar una lengua por decreto como ensanchar el ángulo facial de los habitantes.
**Rafael Barrett. “Guaraní”. En El dolor paraguayo. Asunción: Servilibro, 2da. Ed., agosto de 2011
Sobre el autor:
Rafael Barrett (1876-1910) Curador, escritor, filósofo y periodista de origen español. Desarrolló gran parte de su producción literaria en Paraguay, país al que llegó en 1904, donde formó una familia con Francisca López Maíz, paraguaya, y tuvo una intensa y productiva vida. Fue perseguido por periodismo de denuncia hecho en su diario de corte anarquista llamado Germinal. Muchas veces preso y echado del país, siempre volvió hasta que, por una enfermedad, murió muy joven en Europa.
Sus escritos y pensamiento han sido reconocidos y han tenido influencia en América Latina. Escritores de la talla de A. Roa Bastos, J.L. Borges y J.E. Rodó se refieren a Barrett, como un escritor genial de espíritu libre y audaz.
[1] El término mensú se refiere al trabajador rural de las selvas y plantaciones de yerba mate en Paraguay, el nordeste de Argentina y zonas de Brasil.
[2] Publicado originalmente en 1908 como artículo de prensa, integra el compilado “El dolor paraguayo” publicado póstumamente, en 1911
*Créditos de la imagen: Rafael Barrett dando una conferencia en el Teatro Municipal. Ignacio Núñez Soler, 1970
