– Le digo que a mí me salieron las tetas a los 6 y no a los 12. ¿Precoz? Solo la menopausia, se trata de otra catástrofe. Tuve tetas psíquicas antes que físicas, lo que se dice tetas de mujer me aparecieron a los 6 años y medio. Es decir, conocí todo su peso cultural, un objeto sexual con una aréola de vergüenza se instaló en mí antes de que se bio-materializaran como algo distinto a los timbres en que permanecen las de los varones. Bueno, no en todes, es cierto.  

 

– Timbres sin vergüenza…

 

– Me hace acordar a un salame que conozco, que se pasea olímpico sin remera por la costanera y no tiene la menor idea de que su pavoneo es un privilegio de macho, pero ese es otro tema. Le voy a explicar mejor, usted debe estar a punto de creer que soy pariente de un petiso orejudo oriundo de aquel margen del Plata. Las tetas me salieron de golpe durante un invierno, un día supe que estaban ahí, sexuadas. Después de que tuvieron ese lugar prefabricado el instante del relleno no resultó muy significativo. Por las características del evento un traumólogo diría que mi hipocampo anestesió la piel, durmió el recuerdo, pero latencia encarnaría mejor aquella irrupción intempestiva. Más tarde, fue con un amor, del mejorcito que me ha tocado en suerte, que mutaron su sensibilidad, su erotismo, pero eso sucedió como veinte años después. El bicho que soy muda a destiempo. 

 

– Sí, sí, erotismo mudo…

 

– Oiga, se la hago corta pero usted tome en serio lo que digo. Se aproximaban las vacaciones de invierno de algún año hacia finales de los setenta. Mi familia planeaba una estancia en las termas del Batoví. Imaginar que iba a zambullirme en una pileta exterior en invierno desafiaba las leyes de la naturaleza comprensibles por el pensamiento concreto del que era capaz en esos años, aunque alcanzaba para generar expectativas sobre la experiencia por vivir. Requería un acto de fe creer que no iba a cagarme de frío. Si aquel plan podía ser genial, para mí sería por arte de magia. ¿Vio la peli La faute à Fidel! de Julie Gavras? Yo pensé alguna vez como Anna, la niña protagonista. El anacronismo llamado traje de baño era un objeto olvidado en los días de junio de mi vida de entonces, y efectivamente el único ejemplar que poseía se hallaba a kilómetros de distancia, hora y media en un coche de la época. La prenda estaba donde dormía siempre, en la playa – así le decíamos a la casa en el balneario. Probablemente rigidizada por la mezcla de arena y sal nunca suficientemente sacudida, de poros abiertos por insolación excesiva y alta frecuencia de enjuagues y secados que iban agotando su olor a verano al mismo ritmo que se degrada la elasticidad de la trama. Su textura de fósil acartonado apenas oficiaba de huella mnémica de una felicidad veraniega que siempre duró poco. Pero dónde… ¿dónde estaría exactamente? ¿en qué cajón, colgando de qué grifo o de qué soga, dónde aquel trocito tubular de lycra azul, forrado con algodón strech en los sectores pudendos? Poco importaba, nadie iría a buscarlo, salvo mis sueños.

 

– ¿Anhelaba el reencuentro con un traje de baño?

 

– ¡Claro! Como siempre mi progenitora estaba ocupándose de otro asunto, prevenir que el cambio brusco de temperatura -entre el calor de la pileta y el aire invernal- pudiera enfermar a alguna de las tres criaturas, o a las tres, y así arruinar el magnífico programa. Sin dudarlo se dispuso a fabricar batas de baño. Compró tela toalla y siguiendo su costumbre detuvo el tiempo mientras duró la tarea creativa. Patronajes de revista Burda, papel blanco y finito de panadería, medidas, dibujos, tijeras – una era enorme -, cinta métrica y también una ancha de raso blanco poblaron la mesa del comedor y nuestras vidas. La Singer a pedal de la abuela orquestaba tarde y noche con su traqueteo, hasta que estuvieron prêt-à-porter. Con las pruebas durante la confección crecía la algarabía de todes tanto como se minimizaba la posibilidad de que mi preocupación fuese escuchada. Admitir un short cualquiera como solución resultaba eficaz para mis hermanos varones, pero en mi caso, apenas eso, excluía la diferencia visible que me hacía mujer. 

 

– Preta, a-pre-ta 

 

– Sí, sí, de prepo, ya sabe, otra vez el nudo apretado en mi garganta. El conflicto era ético-estético, mi cuerpo ya sabía de cierta interdicción y me resultaba inadmisible una desestimación. Hay cosas que no tienen marcha atrás, ¿cierto? No podía regresar a la bikini que usé hasta los 5 años pues ya no tenía cinco ni por arte de magia. La ausencia de una malla que sustituyera a la faltante se transformó en una fuente inagotable de angustia que crecía a medida que se acercaba la fecha de partida. Tenía que usar un soutien como todas las mujeres de mi edad, eran tetas de estreno de un pudor instalado que preservaría mi cuerpo – y principalmente mi alma- de una mirada censuradora que le suponía al mundo, una que no sabré cómo ni desde cuándo me habitaba, y a la que le debía el cerrar la puerta del baño cada vez que lo usaba entre otras costumbres. Necesitaba sustraer mi cuerpo de la posibilidad de transgredir lo impuesto:  sentir la desnudez como algo privado e íntimo. Mis pezones eran los mismos dos botones rosados que tenía a los cinco. Si la vergüenza se había instalado sobre ellos fue al precio de una identificación que se calibró siempre en toneladas y no en gramos. Nunca soñé con cantar la nana de Rozalén, ni con luchar contra la intoxicación por BPA de la leche materna. De tapar mis tetas dependía que fuera una mujer. ¿Una fantasía? Tal vez, pero yo me encontraba sometida a una prueba que me dejaba adentro o afuera. ¿Qué sabía mi cuerpo? Que tenía que salvarse de ser objeto del deseo que le suponía a los varones y de la crítica que vendría de todas mis congéneres por hacer topless. Nadie iba a creer que yo era víctima de un forzamiento originado por la desidia o la sordera de mis mayores. En mi joven cerebro heteropatriarcal las tenía de talla 40, copa C. 

 

– Tamaña sordera…

 

– Era un nene yo, cabello cortito, la misma ropa que mis hermanos, la misma pieza. La coquetería les parecía algo superfluo, banal, un estuche – decía ella. No lo hacía de hippie, yo la hubiese respetado más. ¿Sabe que es la primera vez que digo todo esto sin angustia? En fin, la mañana previa a la partida, temprano y mientras todos dormían, en pijamas y calzando mis medias de plush favoritas, tomé cartas en el asunto. Encontré una remera azul de modal en el fondo de un estante, la de ribete blanco en el cuello que ya tenía pelotitas, me dirigí a la mesa del comedor y empuñé la tijera enorme con ambas manos. Apenas podía manipularla, el centro de mesa de cristal sirvió para inmovilizar la prenda que resbalaba sobre la mesa de madera. Le juro que puedo evocar el sonido tan particular que hicieron las hojas de cuchilla cuando corté – primero que nada – las mangas. A sangre fría, no me temblaba el pulso, usé una regla de plástico para guiar el recorrido. Luego continué acortando el torso, operación que resultó más sencilla. Me preocupé de no dejar rastros y regresé a la pieza a probármelo frente al espejo. Había fabricado un top tipo camiseta, solo le faltaba una estampa delantera con estilo de fileteado porteño que dijera Tiresias, cual letrero curvado hacia arriba. Supe que era un mamarracho pero no me importó, sentí alivio. Mientras volvía a la cama pensé que cociendo un elástico por el lado interno del ruedo quedaría mejor, pero eso podía esperar; evalué que sin cómplices la hazaña resultaba suficiente. ¿Vio? Desde chiquita que ando distinguiendo lo necesario, ¿dejaré de actuar como una sobreviviente algún día? Escondí mi flamante velo, lo atesoré en la mochila de viaje hasta que llegó el momento de usarlo, pero esa ya es otra historia. ¡Qué cosa más rara! ¿no? Un lugar del cuerpo de pronto se enciende sobre una anatomía inmutable. Es un lugar, no había nada allí más que un lugar viviendo un futuro ajeno, cargado de porvenir, ¿cómo es posible? No sé, hay miradas que visten, otras permanecen ciegas aunque tengan ojos y otras aunque estemos vestides, nos desnudan, como un barrido que intimida a tal punto que una puede sentir que la desnudan con la mirada. Pero claro, hay que estar vestida para que eso pase. 

 

– Vestida de deseo

 

– Ah! sí, mi ex-marido decía que mis tetas eran perfectas, porque le cabían exactamente en cada palma de sus manos, creía que estaban hechas a su medida. Debe ser casi la única parte de mi cuerpo que no me disgusta.

 

– ¡Suficiente!

*Créditos de la imagen: Benjazmín Ocampos. Miradas, 2019. Enmarcarte Espacio de Arte, Asunción.