Apenas hicieron falta unas pocas cartas: entre diciembre de 1921 y enero de 1922 la cuestión quedó saldada a pesar de la negativa inicial de Freud y Rank; desde ese momento, a instancias de Jones, y aprobado por el pleno del Comité secreto, los homosexulaes quedarían fuera de la IPA, lo que significaba quedar fuera del psicoanálisis. La iniciativa de Jones, ¿se debería a su moral victoriana inglesa?¿tendría fresco todavía del encarcelamiento de Oscar Wilde? Tal vez, sin embargo, la respuesta escueta y fulminante de Ferenczi, otrora defensor de los homosexuales, nos dice otra cosa: «los homosexuales manifiestos son demasiado anormales». (Circular del 12/12/1921, de Budapest). La cuestión de la normalidad, entonces, ya estaba en juego, lo que habilita la pregunta, ¿de qué manera juega la normalidad en psicoanálisis? Habrá que buscar por otro lado, por la cara interna del psicoanálisis, buscar en algún pliegue algo así como el huevo de la serpiente de la teoría. Algo que justificara, más allá de los posibles prejuicios, semejante decisión. Habrá que remover las piedras del texto canónico de Freud: «Tres ensayos para una teoría sexual».
Publicado en 1905 aunque redactado el año anterior, se divide en tres partes, empezando, de manera curiosa, por la abirrung, traducida como «aberraciones», pero que bien podría haber sido traducida como desvíos; siguiendo por la sexualidad infantil y cerrando con la metamorfosis de la pubertad. ¿No resulta curioso que haya comenzado por los desvíos, estableciendo de esta manera que hay un camino central? Por supuesto que no hay respuesta sobre esta decisión de Freud, pero no deja de ser una curiosidad que seguramente debe haber tenido su lógica. La publicación de estos ensayos supuso rupturas y continuidades respecto a la naciente sexología, siendo la principal ruptura la instauración de la idea de que nada en la sexualidad humana es natural, aunque hay que decirlo, dentro de esta idea se inserta también una continuidad: que el fin de la sexualidad es la reproducción. Ahora bien, si nada en la sexualidad humana es natural, ¿cómo entra la idea de normalidad? Encontramos en el texto dos ideas contrapuestas muy fuertes: por un lado, la no naturalidad de la sexualidad (lo que implica la premisa de que la pulsión no tiene objeto) y por el otro “el nuevo fin sexual” que unifica las pulsiones, la reproducción sobre un fondo biológico: la filogénesis, la supervivencia de la especie. Basta leer el primero de los tres, para constatar que Freud fabrica un verdadero pastiche, un mbojere[1] que explica el por qué de tantas notas al pie que al decir de Leo Bersani, funcionan como fallas geológicas por donde emerge la verdad freudiana, pero que además permite ver las diferentes capas de la fabricación de un texto mil veces enmendado y con interminables notas al pie. Pero dadas las contradicciones, ¿cuál será esa verdad? Basta con resaltar que es en este primer ensayo donde establece que la pulsión no tiene objeto. Desde este punto de partida, ¿cómo se las arregla para afirmar en el tercero, que en la pubertad surge un nuevo fin sexual, la reproducción, estableciendo de hecho un criterio de normalidad? Tal vez esa sea la lógica del ordenamiento, haciendo recaer la articulación en la sexualidad infantil, pero sobre todo en el periodo de latencia. No puede obviarse que, en 1905, el Complejo de Edipo está en el centro de las elucubraciones freudianas; entonces, si se sigue el hilo de la no soldadura de la pulsión con el objeto, no hay normalidad sexual; en cambio, si se sigue el hilo del Complejo de Edipo, sí habría normalidad sexual, puesto que la salida normal, no desviada del Complejo significaría la identificación del niño a su sexo biológico. De esa identificación – o no – surgirá, luego, la identidad de género, algo que es ajeno al psicoanálisis, pero que, desde esa ajenidad, nos interpela.
De todos modos, que la noción de género sea ajena a la problemática del psicoanálisis, no significa que, aunque sea de manera rudimentaria, y antes de que los estudios de género existieran, algo de eso no haya aparecido en el psicoanálisis, aunque, hay que decirlo, no prosperó. Me refiero a una propuesta de Ferenczi que Freud recoge en una nota al pie del texto en cuestión. Se trata de una larga nota al pie añadida en 1910, con una adición de 1915 y otra de 1920. Lo que voy a reproducir forma parte del último agregado y que tal vez obtenga su razón de cierto contexto: tenga algún significado: en pleno giro teórico, Freud comienza a recuperar las tesis de Magnus Hirschfeld sobre los grados intermedios, y tal vez por eso, en este momento le resulta interesante la propuesta de Ferenczi que databa de 1914:
“En un ensayo titulado Zur Nosologie der männlichen Homosexualität (Homoerotik), en Int. Zeitschrift für Psychoanalyse, II, de 1914, Ferenczi expone toda una interesantísima serie de puntos de vista sobre el problema de la inversión y reprueba muy justamente el de que bajo el nombre de “homosexualismo” – que él propone sustituir por el de “homoerotismo”- se acumule una gran cantidad de estados muy diversos y de diferente valor, tanto orgánica como psíquicamente, sólo por serles común el síntoma de la inversión. Ferenczi demanda, por lo menos, una absoluta diferenciación entre el tipo homoerótico subjetivo, que se considera mujer y se conduce como tal, y el homoerótico objetivo, que es por completo viril y sólo ha cambiado el objeto femenino por otro de su mismo sexo. El primero puede reconocerse como un verdadero grado intermedio en el sentido que a este término le da Magnus Hirschfeld; el segundo, es considerado por Ferenczi – con menos acierto – como un enfermo de neurosis obsesiva.” (Freud, 1905, p.1179 )
¿No hay acaso en este homoerotismo subjetivo un atisbo de lo que luego será entendido por el género? Quiero decir con esto que si bien hoy, el psicoanálisis se encuentra interpelado por los estudios de género, por los estudios del campo gay y lesbiano, por los estudios queer, esa interpelación existió como interrogación al interior mismo de la doctrina psicoanalítica. Es de lamentar entonces, que la propuesta de Ferenczi no haya tenido lugar.
Partir del homoerotismo subjetivo hubiese permitido llevar hasta sus últimas consecuencias la idea de que la pulsión no tiene objeto, lo que implicaría una ruptura radical con la sexología que no haría más que agudizarse con la postulación de la existencia de una sexualidad infantil “normal”. No es que se desconociera la sexualidad infantil, pero esta era considerada mórbida. Dice Krafft-Ebing:
“La mayoría de las veces, probablemente sería la manifestación de taras psicológicas. Pero sería demasiado apresurado clasificar esquemáticamente, en los casos patológicos, todos aquellos en los que ya existen sensaciones sexuales en la infancia. Si dividimos la infancia en dos periodos, uno aproximadamente desde el primero hasta séptimo año cumplido, el otro desde el octavo hasta el decimocuarto cumplido, las manifestaciones del instinto sexual en el primer periodo deben despertar siempre la sospecha de una disposición mórbida.” (1923, p.116)
La diferencia es clara, el problema tal vez, es que para diferenciarse de la sexualidad de la época, Freud va a plantear una sexualidad infantil normal, no patológica, pero al decir normal abre la puerta a la anormalidad. La homosexualidad entonces, ¿normal o anormal? Según “el Ferenczi” modelo 1920, sólo sería demasiado anormal la manifiesta, esto es, si el o la homosexual se mantiene en el closet sería apenas anormal, muy lejos del “Ferenczi modelo 1914”, donde el homoerótico subjetivo, representaría un grado intermedio.
Será en esta fase de la sexualidad infantil, separada de la adulta por una etapa de latencia, cuya característica fundamental será la amnesia, el olvido de la etapa infantil, donde se formarán las diferentes zonas erógenas. Freud nos habla de la primera experiencia de satisfacción, en donde al placer de la satisfacción biológica, se añade otro placer que no es biológico, que no responde a la satisfacción de una necesidad básica, sino que obedece a la satisfacción pulsional, para lo cual, una zona del cuerpo, en este caso la boca, se convierte en zona erógena y cuya característica principal es que pone en contacto el adentro con el afuera, esto es, una zona de borde que configura una particular topología freudiana. Si bien habla de la primera experiencia de satisfacción, no menciona que luego hubiera una segunda, y luego una tercera, estableciendo una serie, y esto es así, porque la primera servirá de modelo a la constitución de otras zonas erógenas, pero además porque no se suceden, sino que se suman; así a la fase oral se sumará la anal, la fálica, y luego de la latencia, ya en la pubertad, la genital, siendo en ese momento que el joven accede a la diferencia sexual. Esta aparente linealidad, da lugar a fijaciones, a preferencias de una zona u otra, y fundamentalmente, da lugar al Complejo de Edipo, donde ya algo de la diferencia sexual se pone en juego.
Es muy importante tener en cuenta esta secuencia temporal donde el complejo de Edipo coincide con la fase fálica, pues el Complejo de Edipo no puede pensarse sin el Complejo de castración, que será el responsable de finalizar el complejo de Edipo y el ingreso al período de latencia. El pequeño detalle es que todo esto sería lo que ocurre en el niño… normal, con lo cual, por un lado, quedan afuera las niñas y por el otro… los anormales.
Ahora bien, la salida normal o no del complejo, será algo que se descubrirá en la pubertad, con el acceso a la diferencia sexual. En el tercero de los ensayos, Freud va a afirmar dos cosas: por un lado, lo recién mencionado, el acceso a la diferencia sexual, es decir, el punto de llegada de la evolución psicosexual, por el otro, la aparición de una nueva meta sexual, la reproducción puesta al servicio de la filogénesis. Esto permite entonces hacer una lectura retroactiva de la normalidad; si el adolescente se siente atraído por alguien del otro sexo, habrá cursado un Edipo normal en el cual, el temor a la castración lo hace abandonar el amor hacia la madre e identificarse con el padre. ¿Y en las niñas? De los anormales se ocupa en el primero de los ensayos. Habrá desvíos respecto al objeto y al fin. La homosexualidad, que Freud llamará invertidos, se ocupará en el primero de los ensayos, donde intentará una explicación parcial a través de la identificación: en vez de identificarse con el padre, el niño se identifica con la madre. De las niñas, en cambio, habrá que esperar a la década del veinte, cuando decide tomar el toro por las astas y dedicarle una serie de ensayos al complejo de Edipo: “La organización infantil” (1923), “Disolución del Complejo de Edipo” (1924), “Algunas consecuencias psíquicas de la diferencia sexual anatómica” (1925), y más separado en el tiempo, “Sobre la sexualidad femenina” (1931). No puede asegurarse, pero sí al menos especular, que el análisis de su hija Anna, iniciado el primero en el año 1918, y que se extendiera hasta 1922, casi en simultáneo con el análisis de la llamada joven homosexual. En estos textos Freud se interroga por la sexualidad femenina, pero sobre todo, la entrada y salida del complejo de Edipo en la niña, pues el complejo será la medida de la normalidad sexual… o no. Un pequeño detalle que Freud señala: al partir de la bisexualidad originaria, y al ser la madre el primer objeto de amor, la niña tendrá que realizar una operación extra: la inversión, lo que significa pasar de la madre al padre: para ser normal, la niña debe realizar una inversión, pero además, si quiere acceder a la feminidad (que sería acceder a la diferencia sexual) deberá renunciar al clítoris cómo zona erógena y desplazarla a la vagina para poder cumplir con el rol sexual femenino. Esto denota que a lo largo del tiempo Freud mantendrá una especial ligazón con la reproducción, con la filogénesis, como lo pone de manifiesto en “Más allá del principio del placer”, en el punto dedicado al nuevo dualismo pulsional.
Resulta interesante destacar que hasta 1923, la heterosexualidad era considerada también, junto a los otros desvíos, como una perversión; se definía a la heterosexualidad como el interés mórbido por el sexo opuesto. Si se accedía al acto carnal con el mero fin de sentir placer, se trataba de una perversión, un desvío del fin sexual normal; esto significa que la sexualidad humana estaba guiada y formateada por la filogénesis, el mantenimiento de la especie, a pesar que Alfred Adler en 1917 hizo un vehemente llamado a considerar la heterosexualidad como lo “normal” y que sirviera de punto de partida para condenar cualquier otro tipo de sexualidad que no estuviera orientada hacia la reproducción. De esta manera, la “ciencia” y la “religión” continuaban en sintonía, una sintonía que se remonta al Siglo XII, cuando el surgimiento del amor cortés, hizo aparecer la cultura heterosexual. Es en ese momento en donde se da un pasaje de la cultura homosocial (con el comportamiento heterosexual que implica la supervivencia de la especie), a la cultura heterosexual, donde también hace su aparición el elogio a la dama. La mujer aparece como objeto amoroso y regulador del deseo, como puede observarse en Las relaciones peligrosas.
Para finalizar, me gustaría hacer un breve comentario sobre la propuesta de Ferenczi de sustituir homosexualidad por homoerotismo. ¿puede pensarse que tal deslizamiento es sin consecuencias? A juzgar por lo que dice el mismo Freud en el capítulo IV de “Psicología de las masa y análisis del yo”, no lo pareciera:
“Ahora bien, en el psicoanálisis estas pulsiones de amor son llamadas a posteriori, y en virtud de su origen, pulsiones sexuales. La mayoría de los hombres cultos han sentido este bautismo como un ultraje, su venganza fue fulminar contra el psicoanálisis el reproche de pansexualismo. Quien tenga a la sexualidad por algo vergonzoso y denigrante para la naturaleza humana es libre de servirse de las expresiones más encumbradas de Eros y erotismo. Yo mismo habría podido hacerlo desde el comienzo ahorrándome muchas impugnaciones. Pero nunca quise porque prefiero evitar concesiones a la cobardía. Nunca se sabe adónde se irá a parar por ese camino, primero uno cede en las palabras y después, poco a poco, en la cosa misma. No puedo hallar motivo alguno para avergonzarse de la sexualidad, la palabra griega eros, con la que se quiere mitigar el desdoro, en definitiva no es sino la traducción de nuestra palabra liebe, amor, por último, el que puede esperar no necesita hacer concesiones.” (Freud, 1921, p. 87 )
Como puede verse, hay una resistencia de Freud a deslizarse de la sexualidad al erotismo. Quizás sea ese punto basculante, ese ubicarse entre scientia sexualis y ars erótica el que posibilitó excluir a los homosexuales de la IPA en 1921, cuyas consecuencias fueron la ubicación del psicoanálisis del lado de los “pobres técnicos del deseo”. (Foucault, 1988)
Bibliografía consultada:
- Las circulares del Comité secreto. Vol II. 1921. Gerhard Wittemberger – Christfried Tögel (editores) Editorial Síntesis, Madrid, 2002.
- Die Rundbriefe des “Geheimen Komitees”, Band 3, edition diskord, Tübingen, 2003, Pgs. 14 y 15. Traducción de María Teresa Linares para uso personal.
- Leo Bersani. El cuerpo freudiano. Psicoanálisis y arte. Ediciones literales y Cuenco de plata. Buenos Aires, 20.
- Ludwig Krafft-Ebing. Psychopathia sexualis, Pocket, París 1999.
- Sigmund Freud. “Tres ensayos para una teoría sexual”. Obras completas, Tr. López Ballesteros, Editorial Biblioteca Nueva, Madrid, 1973.
- “La organización genital infantil” en Obras completas, Editorial Biblioteca Nueva, Madrid, 1973.
- “Algunas consecuencias psíquicas de la diferencia sexual anatómica” en Obras completas, Editorial Biblioteca Nueva, Madrid, 1973.
- “Sobre la sexualidad femenina”, en Obras completas, Editorial biblioteca Nueva, Madrid 1973.
- “Psicología de las masas y análisis del yo”, en Sigmund Freud, Obras completas, T. XVIII, Amorrortu editores, Buenos Aires, 2020.
- Louis-Georges Tin. La invención de la cultura heterosexual, El cuenco de plata, Buenos aires, 2012.
- Michel Foucault, Prólogo a la edición estadounidense de El Anti- Edipo. Capitalismo y esquizofrenia, de Gilles Deleuze y Félix Gauttari, 1988.
[1] Término guaraní que significa revuelto, rejunte, mejunje, revoltijo.
*Créditos de la imagen: Tarsila do Amaral. Urutu, 1928. Museo de Arte Moderno, Río de Janeiro.
